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Los escombros

es el blog de Diego Suarez: los límites desdibujados entre lo público y lo privado

Mi vecino, el mecánico

Apenas lo diviso, mi más íntima reacción me obliga a cruzar de vereda (aunque el sentido común hace que siga caminando por la misma acera: estoy por llegar a mi casa y no me queda otra opción que afrontar la realidad). Con el pelo engominado, seguramente un peine en el bolsillo, los brazos en jarra y un olor a vino indisimulable, ya empieza a sonreír como si me conociera de toda la vida. Apuro el paso y saco las llaves. El mecánico saluda y se hace el simpático porque vive en el taller (que está debajo del departamento en el que resido) desde que se peleó con su mujer. El problema: compartimos la puerta de entrada. Le facilitamos una llave después de un lamentable reclamo que espetó echando mano a las más diversas excusas, que se rompió la cortina metálica del taller, que vienen a arreglarla desde Morón, y encima van a tardar más de quince días...
Eso no es nada. Antes de entregarle una copia de la llave, me reuní con el pelotudo de Sergio (o Gustavo) para debatir acerca de la cantidad de días que se la prestaríamos. Quedamos en que tendría dos semanas para arreglar su portón y devolver la copia. Sorprendiendo a propios y a extraños, el inefable vecino se despachó con un: "¿Sabés que estaría bueno que tengas una llave, por cualquier cosa que pase?" En ese momento decidí que entre un esquizofrénico y un chanta no iba a arruinar mi vida, di media vuelta y me fui. El mecánico jamás reparó su persiana, usa la puerta de calle desde hace más de cuatro meses, el alcohol le genera "olvidos" como el de dejar la puerta abierta a la madrugada de par en par y muchas cosas más que no quiero ni conocer. Al fin de cuentas, él sigue embadurnándose el pelo con Lord Cheseline y haciendo lobby vecinal en la vereda y yo cruzando de vereda cada vez que la situación me lo permite.