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Los escombros

es el blog de Diego Suarez: los límites desdibujados entre lo público y lo privado

Yo fui testigo

Estaba a punto de llegar a mi trabajo. 10 metros me separaban de la puerta. Un hombre de anteojos me encara y me pide documentos. Me muestra una placa que apenas registré y me intima a participar como testigo en un allanamiento. Le digo que no, estoy por llegar tarde, viste, aparte ya me agarraron una vez como testigo y me abrocharon para todo el día, ni loco. Insisto en mi negativa y aparece otro policía de civil, este sin gafas y más rudimentario. Sin sutilezas me comunica que va a llamar a un móvil policial para mi consecuente demora en una comisaría. Replico que su accionar es ilegal pero a esa altura la charla era todo negociación y yo ya sabía que no iba a zafar. Me prometen que va a ser muy rápido. Acepto a regañadientes y confirmando mi odio a todas las fuerzas policiales.
El allanamiento tenía lugar a una cuadra, en el laboratorio Schering. El empleado de seguridad no quería abrir la puerta pero el yuta de civil lo hizo desistir avisándole "que iba a tener problemas". Pasamos junto a otro pobre testigo que recolectaron por ahí, 8 agentes de la AFIP y el cabo asistente del policía. Esperamos media hora hasta que llegó el contador responsable de los documentos que estaban buscando. Ese lapso de tiempo fue suficiente para poder "comerle la cabeza" al oficial de incógnito: no me podés hacer esto, en el laburo me matan, entendeme que no es contra vos pero esto es un accionar represivo que no tengo por qué aguantar, sí estoy nervioso y no te conviene que me quede acá porque sufro de crisis de nervios y qué sé yo. Los empleados de la empresa me ponían peor: todos con corbata y gel y las respuestas más convencionales para todo. Las empleadas de la AFIP me miran mal y dicen que ya que estoy adentro, que colabore. Claro, a ellas le pagan por su trabajo. Veo el celular dorado de la contadora que me reprocha el mal humor y decido no intercambiar más palabra alguna con ella.
El gerente de finanzas de la empresa se hace presente después de 45 minutos de haber sido llamado. El policía empieza a arrepentirse de haberme levantado en la calle. Escucho por ahí que el operativo incluye otros dos equipos de la AFIP junto a sus correspondientes oficiales y testigos. Hago cuentas: si se unifica el acta, sobran cuatro testigos. ¿Significa que me puedo ir?
Los empleados de la empresa buscan notas de crédito. El cabo me pide que lo acompañe por todos los pasillos de la empresa (que tiene la dimensión de una manzana entera) para exigirles a todos los oficinistas el abandono de toda actividad en la que sus computadoras estén involucradas. Yo lo sigo de lejos hasta que me pierde de vista y apunto hacia una de las puertas. Voy a escapar. Allanar un lugar así les va a llevar todo el día y me moriría de angustia si me tengo que quedar viendo tantos papeles contables bajo la amenaza policial. No me importa mi documento secuestrado por el yuta de civil, es una cédula de identidad del año 1991 y en la foto ni siquiera alguien se da cuenta que soy yo. Pero algo me detiene, debe ser el pequeño burgués aplicado que casi todos llevamos dentro. Corro hacia la oficina donde el policía está reunido con la cúpula de contadores y soretes de la AFIP. Lo llamo aparte al yuta. "Mirá: no aguanto más. Te voy a volver loco hasta que no me des el documento. Te sobran los testigos y yo soy el primero que se va." Busca en su bolsillo, llama a otro policía por handy, y murmura: "te doy el franco, te salvaste". Me entrega la cédula roñosa y salgo disparando. Pero se ve que estaba contento, hasta le dije: "qué laburo de mierda que tenés, papá... chau, un gusto."

Qué horrible que suceda algo así. Es una vergüenza.

Saludos.

por Anonymous Anónimo, a las 4:23 p. m.

   



Los odiaremos siempre, toda la vida, hasta que renuncien a su prepotencia alimentada por un arma en su cintura. Saludos.

por Blogger Suarez, a las 12:50 a. m.

   



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