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Los escombros

es el blog de Diego Suarez: los límites desdibujados entre lo público y lo privado

Pequeña historia de la batalla audiovisual (casera)

Pertenezco a una generación pre-multimedia, donde no se concebía -por ejemplo- que un televisor y una radio estén prendidos a la vez en un mismo ambiente. Mi abuela vivía en un departamento chiquito y caluroso, y por lo general me llevaban a visitarla los domingos. Domingos a la tarde. El televisor Noblex de 14 pulgadas dominaba el living/comedor/cocina/todo sintonizando "Feliz Domingo" y de fondo, porque realmente nadie podía mirar ese programa prestando atención alguna.
El conflicto ya se podía olfatear a eso de las 3 de la tarde, cuando el esférico (como le gusta decir a los periodistas deportivos) empezaba a rodar y José María Muñoz, Víctor Hugo o Paché (un colombiano que trajo Radio Mitre cuyo latiguillo era "grítelo, grítelo, grítelo"), a relatar. Yo me pegaba a la Siete Mares que yacía al lado de la heladera y la escuchaba con el volumen muy bajito. Esa radio, a mis ojos, era el summum de la tecnología: tenía onda corta y a veces, con mucho esfuerzo, agarraba la señal de la BBC o una emisora uruguaya. Cambiaba de dial para encontrar una radio que transmitiese a Independiente, y cuando eran varias, hacía zapping. Tarde o temprano mi abuela se daba cuenta y apagaba la tele.
Con el desembarco del walkman esta misma escena sufrió ciertas modificaciones. Los auriculares empotrados dentro de los oídos se desentendían de los ojos que apuntaban a la pantalla. Los resultados de la jornada deportiva me llegaban como si me contasen un secreto mientras el resto del mundo seguía su curso apacible y dominical.
Pero la actualidad, como siempre, es el espacio temporal donde más se sufren los cambios culturales. Mi hija, con sus 2 años, encuentra absolutamente natural el encendido simultáneo de la televisión, la computadora con sus parlantes a todo volumen y la radio chiquita que pego a mi oreja como un jubilado para apartarme del enjambre audiovisual que nos apabulla a los mayores. Ni me animo a decirle que hay que tener prendida una sola cosa. Jamás me entendería.

Recordé el día del niño aquel, en el que con Feliz Domingo de fondo, recibí mi primer walkman. Blanco, cuadradote, con la goma espuma de los auriculares naranja y el logo de UNICEF (no sé a qué campaña pertenecían, si alguno lo recuerda me chifla)

Veo el pen drive y la comparación me asombra: estoy en el capítulo de los Supersónicos que siempre
soné iba a ser el futuro (salvo por los autos, todavía no flotan)

por Blogger EmmaPeel, a las 2:51 p. m.

   



Me acuerdo de los auriculares naranja pero no de un walkman ¡blanco! Sí de la emoción al ver por primera vez un walkman con microfonito incorporado para grabar, y lo más divertido y olvidado: el laserdisc de los tempranos `90 (¿alguien lo habrá comprado?)

por Blogger Suarez, a las 4:55 p. m.

   



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