Ojos para emergencias
Vuelvo a visualizar hospitales. La luz de tubo que reemplaza para siempre al sol, los largos pasillos como única transición, los colores lóbregos de las paredes, los ambos y los enfermos que combinan entre sí. Las ruedas destartaladas de las camillas generan una bola de ruido que jamás disminuye ni aumenta, simplemente permanece. Todos los planos se cierran en la sangre. Y a través del cable del auricular y los rayos catódicos, la sordidez y el dolor llegan hasta mí. Porque si retornan los hospitales a mi vida, también lo hacen el dolor de cabeza y la ingesta atolondrada de aspirinas.