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Los escombros

es el blog de Diego Suarez: los límites desdibujados entre lo público y lo privado

Nuestro escudo

Esto ocurrió
en aquel gran año,
cuando el pueblo
se alzó y triunfó.

Llegaron jefes de Estado
a conferenciar
a un Kremlin
sin calefaccionar.

Conferenciaron con un herrero,
una segadora,
una tejedora,
y un bracero.

Hizo guardia
un bravo mocetón,
de pie y con rifle,
en su puesto: un león.

Resolveron:
En la tierra se está
y nuestro suelo,
égida será.

Que en el blasón,
cual cielo, brille el sol
y arda siempre bella
una estrella.

Que cada enviado,
para terminar,
acceda con agrado,
a sus bienes mostrar.

* * *

Tomó del taller,
muy sencillo,
su "oro" el herrero:
el gran martillo.

Pesado, su haz
de espigas y una flor,
nos trajo el peón
rural, trabajador.

Y una hoz
envuelta con cuidado,
la aldeana trajo,
con agrado.

La tejedora,
ufana y lozana,
trajo una pieza
de tela grana.

Y el martillo aquel,
que al forjador sirvió,
con la gran hoz
el Soviet concertó.

En la grana
de enseña nacional,
ciñose el haz
venido del trigal.

Y el lema -bien
Ilich lo sugirió-
en oro sobre grana
se escribió.

Halló el guardia
- no pudo más callar-:
"deseo mi arma
al escudo dar".

- Jamás la sueltes
-mandó el popular
gran adalid-
si nos quieres cuidar.

Desde el día aquel,
en guardia de honor
custodia el soldado
el blasón, con fervor.

1948

(Yaroslav Smeliakov, Lenin en la literatura soviética, Ed. Ráduga, Moscú, 1985. Traducción: Juan M. Julio.)